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Fuego

  • Foto del escritor: Gian Marco Settembrini
    Gian Marco Settembrini
  • 27 abr 2020
  • 3 Min. de lectura

- ¿Lo queres o solo te convences de hacerlo? - sentenció.


Todo lo que se escuchó fue silencio.


De pronto, ella agarró su billetera, le dejó la mitad de la cuenta y se fue rápido del bar. Él consternado sin saber que había pasado se tomó una cerveza más. A la par que encendió un cigarrillo miraba las luces del bar. Comenzó a pensar. ¿Qué sentido tenía ser honesto? Si uno era honesto podía causar mucho dolor y si no, podría rozar la mentira. Esa era una línea que no estaba dispuesto a cruzar, era lo único que le había dejado su madre: "No te olvides nunca de decir la verdad." Con el tiempo él aprendería que no sirve de nada la verdad si se llena de crueldad.

En fin, al pasar los minutos, se dió cuenta que había logrado lo que quería. Ella se convencía de quererlo sino, ¿por qué se iría así?


Ellos habían terminado hace mucho tiempo, pero esta vez se cruzaron en la calle. En una de las que antes habían sido tan suyas. Todos los rostros quedaron sin ojos cuando ellos dos se visualizaron a lo lejos. El cerebro les gritaba que salieran de ahí. <<Shh le dijeron a este>> Y el corazón tomo las riendas del asunto. Por un momento a los dos les pareció buena idea ponerse al día.

Ella le contaba que hacía tiempo estaba en pareja, él dijo que aún seguía sin encontrar la suya desde que se separaron. Ella lo veía como un inmaduro, él la veía como una farsante. Y así, con una frase ambos tuvieron razón. Ella no lo había olvidado. Él no lograba nada diciendo eso, salvo saber que tenía razón, en fin un caprichoso. Ni siquiera fue capaz de ir tras ella.


Mara solo quería que él se levantara y la buscara. La buscara como nunca antes lo hizo. Y quizás era media cursi, le gustaban las escenas de películas, y solo quería un beso bajo la lluvia. Lo único que consiguió fue disimular su llanto bajo las lágrimas del cielo. Y todo volvió a la normalidad. Esa en la que uno dice ser feliz pero con el corazón apagado.


Carlos quería buscarla en vez de estar ahí admirando la decoración del bar pero sabía que no tenía nada para ofrecerle, que todo volvería a ser como antes. Quizás estaban destinados a quererse así, en la ausencia. La distancia dolía menos que estar juntos.


Él salió del bar en una dirección opuesta a la casa de ella para no cruzarla. Iba escuchando música mientras se lamentaba. Le dolía saber que aunque era verdad, la había vuelto a lastimar y esta vez con sinceridad. Sin importar qué hiciera, siempre se repetía el mismo final. Dobló en la siguiente esquina. Y allí la vió en un kiosko temblando del frío fumando un cigarrillo.


- Disculpa, tenes fuego - le dijo sin que lo viera.

- Sí, como no - se da vuelta - No, no tengo fuego. Ya lo apagaste. -declaró con el seño fruncido y los ojos llenos de dolor.


La besó como si fuera la última vez que lo hiciera. Ella intentó alejarlo, pero en realidad no quería hacerlo. Disfrutaron ese instante como si fuera lo único que les quedaba. Y como todo lo bueno en la vida, se tuvieron que decir adiós. Pero por unos minutos, lograron encender un fuego bajo la lluvia.


El idiota otra vez tuvo razón, me autoconvencí. Será que uno se tiene que mentir para ser feliz. - reflexionó ella mientras se iba con una sonrisa en la boca acompañada de un alma rota.

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